miércoles, 16 de enero de 2013

Un día más.

Un día más, como otro cualquiera.
¿La diferencia? Mis lágrimas.
Ésta vez, eran de pura amargura. No podría decir que no estuvieran aderezadas con algo de tristeza, porque mentiría.
Si dijera que se deslizaban suavemente como nubes por mis mejillas, volvería a mentir. Fueron pesadas, como si de hierro hubieran sido forjadas, pero no pulidas, ya que su superficie acristalada arañaba mi rostro.
¿Que me arrepienta?...
Qué decir. No se si sería capaz de decir alguna vez en la vida algo contrario a una negativa; cierto es que, hoy por hoy, a pesar de todo, debería considerarme feliz, lujuriosa, exultante de felicidad, aunque a pesar de mi reconocimiento, en lo más recóndito de mi mente sé que hay un matiz que sólo una mirada podría descifrar.
¿Aludidos? Pudiera ser, aunque también podría ser parte de mi reflejo en el espejo, de aquello a lo que yo considero mi alma, partida en dos, compleja pero a la vez fácil de leer, depende de para quién o para qué.
¿Ilusionada? Sólo con poder sonreír me siento un poco mejor, aunque sólo sea una pequeña sonrisa, un amago de un sobresalto en mi granulado corazón, incapaz de verse claramente a los ojos de la razón.
¿Que echo algo de menos?
Podría ser. Podrían ser tantas cosas que resultase imposible de contar. También podría reducirse a una única, e irreemplazable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario