Me hallaba en una explanada de soledad e indefensión, cuando vi el reflejo de la luna asomándose por detrás de lo que parecía ser una colina.
Andé, andé, andé, recorrí cientos, miles de kilómetros, acercándome cada vez más a lo que yo pensaba que sería lo más bello que yo habría visto nunca.
Pasaron días, meses, años, pasó tanto tiempo que no soy capaz de recordar exactamente cuánto.
Y un día, por fin, la alcancé.
Esa luna redonda, brillante, bella como la vida misma, se alzaba ante mí con forma humana, de ojos marrones y pelo castaño, y me destilaba su cegadora luz a través de su mirada, la que hizo que me enamorara antes de saber si quiera quién, o cómo era.
Y así fue cómo descubrí el camino para alcanzar la felicidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario