¿Y qué es lo que ocurre?
Que mi corazón, henchido de pena, llora de arrepentimiento. Un arrepentimiento que no me deja dormir, respirar, no me deja ver a través de esos duros mantos que recubren mis ennegrecidas pupilas de tanto sollozar...
Solamente me deja recordar.
Recuerdos que se quedarán grabados en el fondo de mi mente fríamente, sin ningún tipo de temor a hacerme daño.
Porque fui tan inconsciente... ¿por qué no me di cuenta de lo que tenía conmigo? Busqué reconfortarme entre unos fuertes brazos y, cuando por fin estaba bien sujeta, me dejé escurrir entre ellos. ¿Para qué? Para acabar llorando aún más fuertemente.
Y es que ¡te odio, pequeña mente indecisa!
¡Te odio, mente confusa!
¡Te odio, mente retorcida!
Y no cambiará hasta que una de las dos muera, o desista en una dura y fría batalla en la cual, sintiéndolo por mí misma, me veo completamente indefensa.
Pensé en encontrar el amor más allá, teniéndolo entre mis ahora gélidas manos.
¡Estúpida! ¡Indecente! ¡Desgarbada!
Y más cosas podría decir, de las cuales muchas aparecen en unas de mis novelas favoritas...
Porque, ¿qué se puede esperar de la semilla del diablo, de aquel que es mal engendrado, crecido en un ambiente confuso, frío?
Dolor. Puro dolor. Y así seguirá...
Y a veces veo las estrellas brillar desde mi pequeña ventana, y es gracias a ti.
Pero hay otras veces... que desearía sacarme los ojos únicamente para poder secar mis cuencas de tantas lágrimas derramadas...
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