Nada más llegar, dejé mis bártulos, y me dirigí rápidamente hacia el balcón que, dado a mis restringidos conocimientos sobre balcones, aparecía ante mis ojos como un cubículo lo suficientemente amplio o incluso más para permanecer allí sin ningún tipo de impedimento o molestia, y dirigí mis cegados ojos hacia el horizonte.
Cuánta belleza destilaban aquellas olas, bamboleándose unas encima de otras, superponiéndose entre sí, como intentando achacar entre ellas su ilimitada fuerza, refiriendo una guerra. Una guerra predestinada al fin y al cabo, ya que estaban atadas todas ellas, empujadas irremediablemente a actuar de aquella manera por una fuerza mucho mayor que cualquier otra que haya podido contemplar.
El reflejo del sol sobre éstos implacables e insípidos soldados emitía una belleza hasta ese mismo instante desconocida para mí. Era hermoso ver cómo en cada una de aquellas ondulaciones la luz intentaba crear un ambiente más bello, mágico, dándole un matiz de sobrenaturalidad que hacía que mi corazón palpitase fuertemente, henchido de estremecimientos, anonadada por la belleza y a la vez el temor que éste producía sobre mi ser.
Y entonces acudió a mi mente una pregunta a la que considero lógica en su misma esencia:
¿cómo es posible que miles de seres vivos pequeños en comparación con su inmenso hábitat consiguieran sobrevivir en aquel campo de incertidumbres y fuerza?
Supongo que será magia. Sí, esa magia que destilaban aquellos fantásticos seres creados a raíz de una imaginación poco ejercitada a su pesar, aunque ésta se esforzase en crecer hasta crearse su propio mundo de fantasías.
Sí… Aquella imaginación que a veces torturaba a su apesadumbrada dueña, la que contemplaba todo con esos ojos cansados y con un alma hambrienta de sentimientos.
Por lo tanto, dejé que esa imaginación aún por desarrollar actuase sola, aumentase en experiencia por sus propios medios.
Entonces comencé a divagar…
Creé un ser en el que se reencarnó una parte de mí, la más anhelante de escapar de toda realidad aparente, y me introduje en aquel ejército implacable, dejando que aquellos súbditos me golpeasen y meciesen al unísono.
Me rodeaba una belleza tan… ¿única? No tengo palabras para describirlo.
Mis ojos, incrédulos ante tales anodinas imágenes, vagaban de un lado a otro, viendo y, a su vez, creando aquello que deseaba, ansiaba ver.
Divagué entre miles de fibrosas imágenes, las cuales mi forma corpórea atravesaba, no sin antes sentir su sedoso tacto, como si fuese real.
Esa realidad era tan penetrante que hasta sentía cómo la fuerza del mar intentaba evitar mi avance a través de sus entrañas.
Pero no permitiría que nada ni nadie me sacara de aquel ensueño.
O eso creía.
Vagué y vagué por entre los cientos de miles de retazos imaginarios, sintiendo cómo poco a poco me fundía con ellos, siendo cómo desaparecía poco a poco de la realidad…
Incluso juraría que llegué a sentir cómo mi cuerpo, aquel pesado armatoste de un extraño acero, era un algo aparte de mi mente, como si ésta hubiera decidido alejarse de todo aquello que le pudiera hacer daño.
Pero entonces… De repente sentí el roce de tu mano contra la mía, y mis ojos volvieron a sus órbitas esclavizantes.
Entonces mis ojos se encontraron con los tuyos, y entonces me pregunté:
“¿de verdad quiero volver a vivir, o a soñar, sin poder contemplar por última vez aquellos dos hermosos luceros misteriosos?”
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